Diciembre siempre nos invita a lo mismo. A bajar un punto el ritmo, a escuchar el silencio de la viña dormida y a mirar atrás con calma. No para hacer listas interminables, sino para entender qué ha pasado de verdad. Qué ha cambiado. Qué se ha quedado. Y qué, casi sin darnos cuenta, hemos ido construyendo durante el año.
En Bodegas Ostatu los balances nunca son estridentes. Nos gustan más los procesos que los titulares. Quizá porque el vino nos ha enseñado que lo importante casi siempre ocurre despacio.
Este año la bodega ha seguido evolucionando, fiel a esa idea de innovar sin romper. Han llegado nuevos depósitos de hormigón, que aportan precisión y serenidad a la elaboración, y un fudre ovoide de roble francés que ya forma parte del paisaje de la nave. Son herramientas nuevas, sí, pero pensadas para lo de siempre: escuchar mejor al vino, respetar el carácter del viñedo y acompañar cada fermentación con el tiempo que necesita.

También ha sido un año de sumar personas. En el plano comercial, la incorporación de Raúl como delegado en Madrid y la zona Sur, como apoyo de Gonzalo y Mariasun, nos ha ayudado a estar un poco más presentes, a contar quiénes somos con cercanía y naturalidad, que es como creemos que se construyen las relaciones duraderas.

En la bodega, Gilmer se ha incorporado al área de elaboración aportando algo muy valioso: tranquilidad. Además de conocimiento técnico, tiene ese punto de manitas que resuelve averías cuando menos lo esperas, algo que en vendimia se agradece casi más que cualquier manual. Su llegada ha reforzado el equipo que ya formaban Iñigo y Aitor y ha hecho el día a día un poco más fluido.

El viñedo, como siempre, ha marcado el paso. Seguimos avanzando en el proceso de certificación ecológica. Cuidar la tierra, observar más y forzar menos. Apostar por una viticultura respetuosa en Rioja Alavesa no es una tendencia, es una responsabilidad que asumimos con convicción.
Compartir proyectos con Subsierra y Futuro Viñador nos ha recordado algo esencial: que cuando se trabaja desde el respeto y la curiosidad, todos aprendemos. Colaborar no diluye la identidad, la fortalece. Nos permite mirar al futuro con más perspectiva y situar nuestras marcas en un lugar honesto, abierto y consciente.

Y mientras todo esto ocurre, la siguiente generación crece alrededor de la bodega. Sin discursos ni planes cerrados, pero presente. En las preguntas, en las visitas al viñedo, en esa manera natural de formar parte. Verlos crecer aquí es una forma silenciosa de continuidad, de entender que el proyecto va más allá de un año concreto.
Si algo resume este diciembre es la sensación de coherencia. De seguir avanzando sin perder las raíces. De mantener viva la esencia de una bodega familiar que cree en el tiempo, en las personas y en el vino como reflejo del lugar del que nace.
Cerramos el año así. Con agradecimiento. Con los pies en la tierra de Rioja Alavesa y la mirada puesta en lo que vendrá. Sin prisa. Como siempre.
Familia Sáenz de Samaniego Berganzo.
