Año de nieves

Publicado por: Merkatu Interactiva En: Ultimas Noticias En: Comentario: 0 Visto: 264

Enero se ha marchado dejando un buen balance en cuanto a precipitaciones. Tanto en forma de agua como de nieve en sus últimos días, éstas han ido marcando la tónica del comienzo de 2015. 

La vida del viticultor y, por ende, del bodeguero, pasa en un constante mirar al cielo. Miramos durante la poda de invierno, en las gélidas y angustiosas mañanas de abril, en las peligrosas tardes de verano… y, por supuesto, a cada minuto de la vendimia. Sol, niebla, nieve, agua, viento… todos son necesarios en algún momento y un terrible enemigo en otros. 

Pero la nieve es distinta, es diferente. La nieve no estropea nuestras cosechas ni anega nuestros campos. La nieve cubre con su blanco manto nuestros viñedos dejando una estampa casi bucólica. Está bien, la nieve siempre es buena. El saber de nuestros abuelos, basado en la experiencia, nos ha dicho que es así. 

En invierno precisamos de dos cosas que nos den una cierta estabilidad para el resto del año: agua y frío. La primera ayuda a mantener las reservas del subsuelo y a proporcionar agua para parte del año. Y el segundo sirve como purificador natural, acaba con las pequeñas larvas y hongos que han podido desarrollarse con el calor anterior. Pues bien, la nieve nos proporciona las dos cosas en una. Y es que, en ocasiones, el exceso de agua hace que ésta no sea absorbida por la tierra y corra directamente a los ríos. Pero la nieve tarda en deshelarse y hace que, poco a poco, el subsuelo vaya recopilando esa humedad. Además, cuando la nieve cubre los troncos de las cepas, gracias a las bajas temperaturas, tenemos ese efecto limpieza que os comentaba antes. 

¿Y lo bonito que está todo nevado? Ese es otro de los atractivos de este fenómeno invernal que merece la pena visitar. 

Entramos en febrero y todo apunta a que seguiremos con la misma tónica. De hecho, mientras escribo este post siguen cayendo copos. Y es que ya lo dice el refrán: “Año de nieves, año de bienes”. 

Enero se ha marchado dejando un buen balance en cuanto a precipitaciones. Tanto en forma de agua como de nieve en sus últimos días, éstas han ido marcando la tónica del comienzo de 2015. 

La vida del viticultor y, por ende, del bodeguero, pasa en un constante mirar al cielo. Miramos durante la poda de invierno, en las gélidas y angustiosas mañanas de abril, en las peligrosas tardes de verano… y, por supuesto, a cada minuto de la vendimia. Sol, niebla, nieve, agua, viento… todos son necesarios en algún momento y un terrible enemigo en otros. 

Pero la nieve es distinta, es diferente. La nieve no estropea nuestras cosechas ni anega nuestros campos. La nieve cubre con su blanco manto nuestros viñedos dejando una estampa casi bucólica. Está bien, la nieve siempre es buena. El saber de nuestros abuelos, basado en la experiencia, nos ha dicho que es así. 

En invierno precisamos de dos cosas que nos den una cierta estabilidad para el resto del año: agua y frío. La primera ayuda a mantener las reservas del subsuelo y a proporcionar agua para parte del año. Y el segundo sirve como purificador natural, acaba con las pequeñas larvas y hongos que han podido desarrollarse con el calor anterior. Pues bien, la nieve nos proporciona las dos cosas en una. Y es que, en ocasiones, el exceso de agua hace que ésta no sea absorbida por la tierra y corra directamente a los ríos. Pero la nieve tarda en deshelarse y hace que, poco a poco, el subsuelo vaya recopilando esa humedad. Además, cuando la nieve cubre los troncos de las cepas, gracias a las bajas temperaturas, tenemos ese efecto limpieza que os comentaba antes. 

¿Y lo bonito que está todo nevado? Ese es otro de los atractivos de este fenómeno invernal que merece la pena visitar. 

Entramos en febrero y todo apunta a que seguiremos con la misma tónica. De hecho, mientras escribo este post siguen cayendo copos. Y es que ya lo dice el refrán: “Año de nieves, año de bienes”. 

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