Enero invita a bajar el ritmo. A volver a cocinar, a ordenar un poco la despensa y a prestar atención a las cosas pequeñas. También al vino que abrimos en casa.

En Ostatu nos gusta la idea de tener cerca una botella que sabes cuándo abrir, sin darle demasiadas vueltas. Un vino que acompaña la comida y el momento, sin pedir protagonismo.

El vino del día a día

Para nosotros, un buen vino en casa es aquel que encaja en la mesa sin imponerse. Un vino que apetece abrir entre semana y que sigue teniendo sentido cuando el fin de semana se alarga.

Ese equilibrio no es casual. Tiene que ver con cómo se trabaja el viñedo y con la intención con la que elaboramos el vino: pensando en que forme parte de la vida cotidiana, no solo de ocasiones especiales.

Pensar en los momentos

No hace falta tener muchas botellas. Basta con elegir bien para algunos momentos muy concretos.

Hay vinos que funcionan especialmente bien entre semana, cuando cocinamos algo sencillo y buscamos acompañar la comida sin complicarnos. Otros que apetece abrir el fin de semana, con más tiempo y una mesa que se disfruta despacio, independientemente de si son blancos o tintos.

Y siempre viene bien tener una botella que sabes que funciona, por si alguien se queda a comer o la conversación se alarga.

Cuando pensamos nuestros vinos, los pensamos así: para que se adapten a esos momentos reales, familiares, cotidianos.

El origen importa, aunque no siempre se vea

Gran parte de ese equilibrio empieza antes de la bodega. En parcelas que permiten trabajar con calma y respetar el ritmo de la viña.

Cuando el viñedo está bien cuidado, el vino es más amable, más fácil de beber y más agradecido en la mesa.

Y esto no es un discurso, es algo que se nota cuando descorchas la botella.

Volver a lo sencillo

Tener buen vino en casa es, al final, una forma de cuidarse. De elegir con un poco de criterio y de devolver el vino a su lugar natural: la mesa, la conversación y el tiempo compartido.

Ahí es donde quienes formamos Ostatu creemos que un vino tiene sentido.