Marzo tiene algo especial. Las comidas se alargan, la luz entra distinta por la ventana y apetece quedarse juntos un rato más.
En nuestra casa siempre hemos entendido el vino así: como parte de la mesa, como algo que acompaña lo que está pasando alrededor. La conversación, la comida, el encuentro.
Hace unos días leíamos una noticia de la Universidad de Navarra que hablaba precisamente de eso: del vino dentro de la dieta mediterránea, integrado en un estilo de vida equilibrado y compartido. Nos pareció interesante porque, más allá de estudios y titulares, pone palabras a algo que aquí hemos vivido siempre con naturalidad: que el vino y la gastronomía van de la mano.
Quizá por eso, cuando la mesa se alarga en esta época del año, en Ostatu nos apetece abrir vinos diferentes. Un blanco como Zabala, fresco y con recorrido para acompañar desde el primer plato hasta el último. O un tinto como Valdepedro, que se entiende bien y se disfruta con calma.
Y si el encuentro pide algo con más profundidad, ahí están Menditto o Lore, vinos que aportan matices sin perder esa vocación de mesa que tanto valoramos.
No se trata de cambiar costumbres ni de hacer nada distinto. Solo de elegir bien lo que ponemos sobre la mesa.
Porque al final es eso: la mesa marca el ritmo. El vino lo acompaña.
