En febrero las comidas se vuelven más de casa, más cercanas. No esperamos grandes celebraciones pero sí momentos que merecen atención: una mesa puesta con calma, una receta que sabemos que funciona, una conversación que se alarga sin mirar el reloj.

En Ostatu siempre hemos entendido que recibir bien no es hacer más, sino hacerlo con cariño, con alma. Pensar en quién se va a sentar a la mesa, en lo que vamos a compartir y en cómo queremos que se sienta ese momento. El vino forma parte de ese gesto y, cuando está bien elegido, acompaña sin imponerse.

Esa naturalidad no empieza en la botella. Empieza antes, en la viña. En cómo se trabajan las parcelas y en el equilibrio que se busca desde el origen.

La viña, en la mesa

Hay vinos que encajan especialmente bien en esa forma de entender la mesa como Mendtitto de Ostatu. Menditto nace de varias pequeñas parcelas viejas de la zona oriental de Samaniego, nuestro pueblo. Viñedos que comparten carácter, suelo y variedades y que se expresan con elegancia en la copa: equilibrio entre tempranillo y graciano, con frescura y un punto de acidez muy agradable que lo mantiene vivo.

Menditto no abruma, no distrae. Simplemente acompaña.

Quizá por eso funciona tan bien cuando hay gente alrededor. Porque es un vino que habla por sí solo. Que disfrutan quienes son grandes conocedores y también quienes simplemente quieren compartir una buena comida sin complicaciones.

Y es que, para nosotros, recibir bien empieza mucho antes de poner los cubiertos. Empieza en cómo se cuida la viña y en la intención con la que se elabora el vino. Después, solo queda abrir la botella y dejar que la mesa haga el resto.

¡Salud!